martes, 31 de octubre de 2017

Los Andes a tan solo un paso

Cajón de Maipo, 30 de octubre de 2017 

La intención del día de hoy era alquilar un coche para ir al cajón de Maipo. Esta región a tan solo una hora de Santiago es el respiro de los santiagueños los fines de semana y desde aquí pueden verse algunas de las impresionantes montañas de la Cordillera de los Andes. Es un lugar ideal para hacer rutas de trekking y todo tipo de deportes de aventura.

Al cajón de Maipo se puede llegar en autobús desde el barrio de Bellavista sin embargo acceder a los sitios más importantes de este valle solo es posible con coche. Diana nos recomendó un lugar en Bellavista llamado Chilean Rent a Car, donde por menos de 30 euros se puede alquilar un coche sencillo por un día. Conducir en Chile no es complicado, en general la gente no conduce mal y las carreteras están en buen estado.



Todas las ciudades tienen algo que las hace especial, en el caso de Santigo, son las enormes montañas de los Andes las que hacen que el paisaje urbano se quede grabado. Sólo hay que levantar un poco la mirada y tenemos un espectacular fondo formado por la Cordillera. Según íbamos saliendo de la ciudad y acercándonos a la montaña el bullicio de la capital daba paso a la naturaleza y sus sonidos. Por la carretera había puestos que ofrecían empanadas y el típico pan amasado de la zona, un pan artesanal cocido en horno de barro. Estos puestos tienen una bandera blanca en su entrada y merece la pena pararse y probar las empanadas. Como era lunes, muchos estaban cerrados, supongo que el cajón será un lugar muy de domingueros chilenos.

La primera parada era el pueblo principal de la región, San José de Maipo. El pueblo en sí no tiene nada especialmente interesante más allá de la plaza de Armas donde se encuentra la oficina de turismo. Allí nos atendió una abuelita que nos dijo que ir a hacer el trekking del morado que nos había recomendado Diana, era imposible. Al parecer las lluvias se llevaron el puente para cruzar el río en febrero del año pasado y no había sido reconstruido. Nos recomendó subir al embalse del Yeso. Antes de partir al embalse comimos unas empanadas fritas hechas en el momento por menos de dos euros en un puesto callejero que estaban riquísimas.



La carretera al embalse es un poco terrible. Hay un tráfico continuo de camiones que van y vuelven de las minas de la zona. Son 25 km desde San José de los cuales los 5 últimos es una pista de tierra. Los paisajes desde la carretera son espectaculares. Enormes paredes verticales, glaciares en lo alto, cascadas que caen desde las cumbres y hasta un cóndor que volaba a ras del camino formaban el paisaje hasta el embalse.



Paramos en un par de ocasiones para hacer fotografías. Cuando llegamos al embalse el agua azul verdosa contrastaba con las montañas nevadas que lo rodeaban. Andamos por el borde del embalse cerca de un kilómetro. Algunos coches pasaban por el camino que bordeaba el lago. Al fondo vimos que había otro aparcamiento, así que tras preguntar a unas mujeres del lugar sobre si merecía ir al otro lado, nos aventuramos a acercarnos. Y vaya aventura. Cuando un camión o coche venía en dirección contraria, había que apartarse para dejarlo pasar. De este segundo aparcamiento se pasaba de las montañas nevadas a un paisaje volcánico, casi marciano. No quisimos seguir por la pista pero más adelante había unas termas naturales que seguro que merecían la pena.



Bajando por la carretera nos encontramos con un grupo de obreros arreglando la carretera y casi nos ganamos una multa. No nos queda claro, pero al parecer teníamos que habernos parado al principio de la obra pese a que había una señal que ponía "siga". La cosa es que nos echaron una bronca enorme, nos dijeron que "para manejar debíamos de saber lo que significan las señales" y sólo  haciéndonos los guiris despistados conseguimos librarnos de que llamaran a los carabineros, que aquí no son langostinos, sino la policía.

Bajando del embalse paramos en uno de los trekking que se puede hacer en el valle. Aquí los trekking salen de "negocios privados" . Por decirlo de algún modo, son resorts en los que se puede pasar el día, hacer actividades de aventura como rafting o tirolinas o dar un paseo en caballo entre otras cosas.  También se pueden contratar estas caminatas que pueden durar entre 1 hora y media o 3 horas y te llevan con un guía a puntos relativamente cercanos al Resort. Nosotros paramos en la cascada de las ánimas. 



Por algo menos de 9 euros nos dieron acceso a la cascada de las ánimas. Antes del paseo aprovechamos para comer en la zona de merendero. Por el camino el guía nos enseñó lo que supuestamente era un centro de recuperación de animales donde tenían varios loros y dos pumas. Sinceramente nos dio la sensación de que más que recuperarles, usaban los animales como reclamo para que la gente entrase en su negocio. El paseo hasta la cascada era una subida desde el cauce del río Maipo hasta lo alto del valle, donde se podían ver dos saltos de agua, la cascada de las ánimas y la cascada del colibrí. 

La subida por el valle y las vistas eran casi más espectaculares que los dos saltos. La verdad es que si lo llegamos a saber, hubiéramos reservado un par de días para toda la zona del Cajón del Maipo ya que merece la pena. Una pena que el Morado no fuera accesible porque nos quedamos realmente con ganas de ver esa zona del valle. De vuelta a Santiago y una vez entregado el coche en el Renting, nos tomamos una cerveza en una de las terrazas de Bellavista. Este barrio parece que siempre tiene ambiente. Las universidades están cerca y los estudiantes aprovechan para relajarse en sus terrazas.



Sólo aguantamos una cerveza, estábamos tan cansados que nos volvimos a casa a dormir. 


domingo, 29 de octubre de 2017

Graffitis y funiculares con vistas al mar

Valparaíso, 29 de septiembre de 2017

A las 8 de la mañana estábamos ya en pie. Nuestra intención hoy era ir a Valparaíso. Después de desayunar en casa salimos hacia la terminal de autobuses que está en la parada de Universidad de Santiago. El metro estaba lleno de seguidores del equipo de fútbol de Santiago que iban a ver el partido que se jugaba por la mañana. Suponemos que aquí los partidos de fútbol se juegan por la mañana para que puedan seguirse en Europa por el horario, pero resulta extraño.

Cuando llegamos a la terminal había varias chicas de distintas compañías ofreciendo "información sin compromiso" sobre Valparaíso y Viña del Mar. Se puede hacer con ellos el tour de todo el día que incluye ambas ciudades por algo más de 30 euros, unos 23.000 pesos y despreocuparse de todo, pero a mí los tours organizados por ciudades me parecen bastante agobiantes pese a que el precio no lo encuentro en absoluto exacerbado. Para convencernos la chica nos dijo que como había sido fiesta el viernes y había habido puente no había billetes de vuelta desde Valparaíso a Santiago, sólo de ida y que la única forma de asegurarnos la vuelta era con ella. Yo aún era reacio a irme con ella, incluso pensé en que si realmente era así a lo mejor podíamos intentarlo al día siguiente, no me apetecía ir en un tour organizado por una ciudad. Ella insistió en la inseguridad de Valparaíso, algo que ya sabiamos por el robo que sufrió la tía de Diana aquí, pero yo preferí acercarme a la ventanilla a preguntar.



En la ventanilla ocurrió algo extraño. La mujer que vendía los billetes nos dijo exactamente lo mismo, que sólo nos vendía la ida pero no nos aseguraban la vuelta. Yo le dije que eso es lo que nos había dicho la chica de los tours, pero que no me apetecía irme con ella. La taquillera me dijo que ahora mismo no había más billetes pero que tráfico seguramente les pondría más buses a lo largo del día. No me cuadraba nada, ¿es tráfico quien le dice a una compañía privada que tiene que fletar más o menos autobuses en el puente? Como le insistimos, la taquillera miró si había más autobuses y nos dijo que había uno a las 21'30... Le dijimos que si podía ser antes y de repente también había a las 19'30... Y no, no era que lo acababan de poner a la venta porque la mitad de los asientos o más ya estaban vendidos.

Cogimos ese billete y en 5 minutos estábamos sentados en el bus camino de Valparaíso por menos de 9 euros. Los autobuses chilenos son como los peruanos o mexicanos. Nada que ver con lo que tenemos en España. Los asientos se reclinan hasta convertirse casi en cama y el espacio entre filas es muy amplio. En un luminoso viene el nombre del conductor, la velocidad que tiene el autobús y el tiempo que lleva conduciendo. Si el conductor sobrepasa los 100km/hora empieza a sonar una sirena para que todo el mundo sepa que está incumpliendo la ley. De hechos en los reposacabezas se anima a los pasajeros a exigir al conductor que reduzca su velocidad.



El viaje hasta Valparaíso en autobús no llega a las dos horas. A mitad de camino se subió una mujer con una cesta vendiendo comida, muy típico de Latinoamérica. "Mani, manjar, Bebida, pasteles, cuchifli..." anunciaba mientras avanzaba por el pasillo. ¿Alguien sabe que es el "cuchifli"? 

Llegamos a Valparaíso sobre las 12 de la mañana. La ciudad está edificada en una colina enfrente del mar, pero Valparaíso en sí no tiene playa. A la salida de la terminal había muchos puestos de comida. Intentamos meternos en un par de bares a comer algo pero el ruido por el fútbol era excesivo. Encontramos un sitio económico donde comer un plato combinado por unos 6 euros. Con la barriga llena nos dispusimos a descubrir los encantos de Valparaíso.



A ver, siendo sinceros Valparaíso no es una ciudad objetivamente bonita, las casas de chapas de colores están amontonadas unas sobre otras en la ladera de una montaña y moverse por sus sucias calles es entrar en un laberinto del que no es difícil salir (sólo hay que ir hacia abajo) pero sí lo es llegar, incluso guiándonos con un mapa, hasta donde queramos. Pero también es cierto que la ciudad tiene un encanto innegable. 



Cada casa de un color, cada esquina o cada pared tiene un graffiti que pasa de ser una gamberrada de mal gusto a convertirse en una obra de arte. Tan sólo pasear por sus empinadas cuestas viendo todo el arte urbano, ya merece la pena. Lo primero que hicimos fue subir hasta la casa de Pablo Neruda en Valparaíso, la Casa Museo la Sebastiana. Por el camino nos topamos con algún mirador ya que mostraba el encanto de Valparaíso. Las vistas desde la Sebastiana son imponentes y entrar en el jardín es gratis. No así en la casa, que cuesta unos 10 euros. Ni yo soy un fan acérrimo de Neruda ni tengo una sensibilidad especial, así que preferimos ahorrarnos el dinero. 



Bajando de la casa nos encontramos con el museo a cielo abierto. Valparaíso está lleno de graffitis como ya he comentado, pero en esta calle se encuentran algunos de los más espectaculares. Bajando por algunas de sus famosas escaleras llegamos a la plaza del Prat donde estaban preparando un concierto para esa tarde y había una concentración de autobuses urbanos de un grupo de Facebook. Si algo me gusta de Latinoamérica es que en cada plaza hay siempre algo que hacer, todos los días parecen festivos y si no es una fiesta, es un concurso o un concierto. Lo importante es que las calles tengan vida.



De ahí andamos por el puerto hasta el funicular de Artillería. La ciudad está llena de funiculares que aquí llaman ascensores. Todos ellos son más o menos antiguos y por unos pocos pesos te llevan a lo alto de los barrios. El de artillería sin lugar a dudas es uno de los que necesita ya una restauración urgente. Subirnos a él fue como hacerlo a la atracción de la torre del terror de Disneylandia. En su interior mientras subíamos todo crujía y daba la sensación de que en cualquier momento nos íbamos a precipitar al vacío. En lo alto se encuentra el paseo 21 de mayo desde el que se tiene una vista general del puerto. También hay varios puestos de artesanía. Valparaíso tiene muchísimos artistas locales y todas las cosas que venden son preciosas: pendientes, colgantes, imanes, maquetas, acuarelas,... Merece la pena pararse a ver estos puestos.



Desde lo alto de Artillería, donde se encuentra el museo naval, bajamos hacia el muelle de nuevo y cogimos en Prat el ascensor El Peral que nos llevó hasta el palacio de Baburiza. Tal vez esta sea la zona más bonita de todo Valparaíso. Las casas de colores tienen algunos de los graffitis más elaborados de la ciudad y hay varias galerías de arte y cafés donde pararse a descansar. Entramos en una cafetería donde nos pusieron una tarta de limón espectacular. Desde allí seguimos callejeando hasta la antigua cárcel de la ciudad, ahora reconvertida en el Parque Cultural de Valparaíso. Aquí los niños jugaban y los adultos bailaban al ritmo de una banda. Un lugar donde si se va con tiempo también merece la pena pararse, descalzarse y dejarse llevar.

Del parque Cultural fuimos de vuelta a la parte baja de la ciudad y nos encaminamos de nuevo a la estación para coger nuestro bus de vuelta. El bus nos llevó por Viña del Mar y pudimos ver el reloj de flores. Fueron varias las personas que nos desaconsejaron visitar Viña del Mar y por eso no pusimos mucho empeño en verlo. Más allá del reloj de flores poco más tiene la ciudad. Al parecer hay un Moai auténtico traído de la Isla de Pascua. Si no se va a visitar la isla a lo mejor es interesante acercarse a verlo.



El viaje de vuelta a Santiago se demoró algo más de dos horas por la caravana de coches que venían de la Costa.

Una capital descafeinada

Santiago de Chile, 28 de octubre de 2017

Después de un vuelo de 13 horas que no hubiera sido muy pesado si no hubiéramos tenido delante a un niño que cada dos horas se despertaba llorando, aterrizamos en Santiago de Chile.

El paisaje la última hora de vuelo es majestuoso, las llanuras empiezan a dar paso a montañas cada vez más altas hasta llegar a visualizar el Aconcagua que destaca sobre el resto de montañas por su altura. Según pasamos la cordillera de los Andes, el avión descendió a gran velocidad y cuando nos dimos cuenta estábamos ya en pista. Después del control de pasaportes que tardamos en pasar más de una hora y del control de aduanas donde tuvimos que declarar el queso y las pipas que nos pidió Diana, por fin podíamos decir que estábamos en Chile.



Tras pasar una marabunta de taxistas ofreciéndonos llevarnos a la ciudad, cogimos un bus que por menos de dos euros nos dejaba en Los Héroes que estaba relativamente cerca de casa de Diana. La primera impresión de Santiago fue que no había edificios especialmente bonitos ni nada que te llamara realmente a intentar descubrir la ciudad. Tras andar unos 15 minutos por lo que al parecer es el centro de la ciudad, llegamos al apartamento de nuestra amiga.

Lo mejor de la casa son las vistas de la ciudad. Desde el piso 11 se tiene una visión general de Santiago. Esperemos no tener ningún terremoto porque a esta altura el edificio tiene que balancearse de lo lindo. El aire resopla durante todo el día. El barrio de Diana es el centro de la ciudad, pero es extraño. Los bloques de 20 alturas y 20 apartamentos por piso se entremezclan con casas bajas y talleres con patios llenos de palés que se ven desde las alturas. Hacía frío pero se notaba que las temperaturas empezaban a subir. Estábamos cansados del viaje, así que nos tumbamos un rato.



Cuando me levanté me acerqué al supermercado para comprar algunas cosas para los próximos días. Según salí del supermercado me encontré el mítico Gastrobar Joder de frente. Muchos lectores de este blog no lo conocerán, pero el Joder es lo que el Studio 54 a Nueva York o el Penta a Madrid y antaño fue el bar de nuestra amiga. Teniéndolo ya situado en el mapa, habrá que ir a visitarlo.

Con la compra hecha y habiendo descansado un rato, decidimos ir a visitar Santiago. La primera parada era la plaza de Armas. Ya llegando a ella, nos encontramos con algunos edificios imponentes. El centro de Santiago mezcla arquitectura clásica con nuevas construcciones donde predomina el cristal. Pasamos también por uno de los "grandes atractivos" para los turistas españoles... El edificio "La Polla". No, el edificio en sí no tiene nada más que un cartel con su nombre. Anecdótico como mucho.



La plaza de Armas en Santiago es lo que la puerta del Sol a Madrid. Sinceramente, no es la plaza de Armas más bonita que he visto, pero sí está llena de vida. Gente con puestos ambulantes de comida, acróbatas sobre monociclos y hasta una improvisada procesión, todo estaba allí. En un lateral se encuentra la Catedral de Santiago. Por fuera no es muy espectacular pero por dentro sí merece una visita. Junto a ella haciendo esquina está el edificio de Correos. 

Seguimos andando por las calles hasta Bellas Artes. Este parque alargado toma su nombre del Museo Nacional de Bellas Artes que se encuentra en el centro del mismo. El parque en sí, no tiene mucho que ver. Una concurrida carretera pasa por el lateral del mismo y hace que desluzca bastante. El museo sin embargo sí es más interesante y su entrada es gratuita. En el primer edificio de los dos que lo componen están las exposiciones permanentes y temporales y podemos encontrar un poco de todo: pintura, escultura, fotografía, instalaciones,... El segundo edificio tenía un mercado de arte y en ese momento estaban dando ponencias.



Al salir del museo nos dirigimos por Bellas Vistas hacia el cerro de San Cristóbal. Bellas Vistas es el barrio perfecto para los que quieren algo de fiesta. Está lleno de bares y los reparte-flyers están a la caza del turista. Al final de la calle se encuentra uno de los accesos al cerro. El cerro de San Cristóbal es el parque urbano más grande de Santiago y uno de sus mayores atractivos turísticos. Dentro del cerro se encuentra el zoo de la ciudad y aquí la gente viene a pasear, hacer deporte o pasar tiempo con su familia. 

Hay tres formas de subir: desde Bellas Vistas con el funicular, desde el otro lado del cerro con el teleférico, o andando. Nosotros subimos en el funicular y como ya quedaba poco tiempo para que cerraran nos recomendaron que sólo compráramos la ida y que si nos daba tiempo compráramos la vuelta arriba. El Funicular sale de una especie de "castillo" y es realmente antiguo. Cuando se llega a la cima, se tiene una vista total de la Ciudad de Santiago con la cordillera de los Andes al fondo. Realmente merece la pena subir para disfrutar de estas vistas.




El cerro está presidido por una enorme estatua de la Virgen de la Inmaculada Concepción que mira a Santiago. Allí hicimos un amigo, un perro callejero que se tumbó para que le acariciáramos. Santiago está lleno de perros callejeros y todos son muy bonitos, no nos extraña que Diana en su momento acabara adoptando uno. Salvando las distancias, Santiago intenta tener su propio Cristo Redentor como Río de Janeiro desde el que ver una panorámica de toda la ciudad.

Intentamos bajar en funicular desde lo alto del cerro ya que estaba empezando a atardecer y la temperatura había bajado, pero aunque el último funicular era a las 19.45, la taquilla ya estaba cerrada. Bajamos andando por el lado del teleférico y la verdad que tampoco tardamos mucho y pudimos ver la otra cara del parque. En este otro lado de Santiago se encuentra un enorme centro comercial con el rascacielos más grande de todo América del Sur y al que, al parecer se puede subir. Cogimos un par de atajos que nos ahorraron tiempo en la bajada, no creo que tardáramos más de una hora. Por la carretera subían y bajaban ciclistas y corredores continuamente. Como los deportistas chilenos entrenen aquí tienen que estar fuertes como el acero. En nuestro descenso paramos en un parque infantil hecho por un escultor chileno donde los juegos de los niños eran realmente esculturas y donde había un parque de música con instrumentos para tocar. Disfrutamos como niños.



La salida del parque estaba en un barrio de casas que parecía sacado de una zona rica de Estados Unidos... Andando un poco cogimos el metro que nos llevó de vuelta a casa de Diana. El metro de Santiago tiene sólo tres líneas y cierra antes de media noche, pero no está mal y la frecuencia no es mala. Es curioso que pese a que hay vías, los vagones van sobre neumáticos por dentro de estas vías y creemos que no es eléctrico porque al menos la catenaria no está visible. Las paradas no las anuncia una locución, sino que es el propio conductor el que las dice por el altavoz. Y a propósito de esto, no sé si es que los chilenos hablan muy rápido o pronuncian muy poco, pero cuesta muchísimo entender lo que te dicen.



Cenamos en casa de Diana viendo la terrible televisión chilena. Nuestra intención era salir y tomar una cerveza en el Joder, pero el cansancio pudo con nosotros y finalmente nos quedamos en casa.

viernes, 27 de octubre de 2017

La Ruta de los Andes

Madrid, 27 de octubre de 2017

Hace justo hoy un año que partíamos hacia la ruta de los corsarios. Allí en Cuba nos encontramos con Diana, que hizo un viaje kilométrico para encontrarse con nosotros. Fue en Cuba donde le prometimos que al año siguiente iríamos a Chile a verla y hoy cumplimos nuestra promesa.



Son las 21:52 y estamos camino del aeropuerto. Nuestro vuelo de 13 horas a Santiago sale a las 00.05. Todo ha sido muy rápido. El vuelo lo cogimos hace meses con avios, pero por un cambio en el horario de salida el pasado miércoles  nos permitieron adelantarlo o atrasarlo hasta dos días, así que decidimos antes de ayer aprovechar la oportunidad y volar tres días antes. En un primer momento salíamos el lunes por la noche para llegar a Chile el día 31 para el cumpleaños de Diana, pero como nuestra amiga ha decidido irse a Bolivia y no recibirnos (la muy perraca), hemos adelantado todos los planes.

Lo cierto es que este viaje es posiblemente el que más logística tiene de todos los que he preparado. Santiago de Chile, Valparaíso, El Cajón de Maipo, la imponente cordillera de los Andes, la misteriosa Isla de Pascua, el marciano desierto de Atacama, el salar de Uyuni Boliviano y finalmente la grandiosa Patagonia Chilena coronada por las Torres del Paine y el Glaciar Grey serán los lugares que visitemos durante los próximos 23 días. 



Chile no es un país cómodo de visitar. Su peculiar forma alargada obliga a usar continuos vuelos internos para moverse de un punto a otro. En total serán 6 los vuelos internos que cojamos. Para ir a Isla de Pascua sólo hay una opción y no es en absoluto barata, los vuelos de LAN a Pascua duran unas 5 horas y cuestan reservándolos con muchos meses de antelación 400 euros en el mejor de los casos. Para ir a Atacama se viaja a la ciudad de Calama y para ir a Torres del Paine a Punta Arenas y ambos vuelos duran casi tres horas. Para ambos destinos tenemos como alternativa una compañía llamada Sky y por 40 euros podremos hacer el viaje.

Aparte de los vuelos, está el preparar mochila. Islas tropicales, desiertos y glaciares. La mochila para Chile va repleta de ropa y puedo decir sin miedo a equivocarme que es la más pesada de cuantas he hecho en todos estos viajes. Por suerte tenemos la casa de Diana como base logística y viajaremos más ligeros entre destinos internos.



Hoy comenzamos nuestra gran aventura de 2017, y compartiré todas nuestras peripecias por aquí. Nos vamos a La Ruta de los Andes.