domingo, 29 de octubre de 2017

Una capital descafeinada

Santiago de Chile, 28 de octubre de 2017

Después de un vuelo de 13 horas que no hubiera sido muy pesado si no hubiéramos tenido delante a un niño que cada dos horas se despertaba llorando, aterrizamos en Santiago de Chile.

El paisaje la última hora de vuelo es majestuoso, las llanuras empiezan a dar paso a montañas cada vez más altas hasta llegar a visualizar el Aconcagua que destaca sobre el resto de montañas por su altura. Según pasamos la cordillera de los Andes, el avión descendió a gran velocidad y cuando nos dimos cuenta estábamos ya en pista. Después del control de pasaportes que tardamos en pasar más de una hora y del control de aduanas donde tuvimos que declarar el queso y las pipas que nos pidió Diana, por fin podíamos decir que estábamos en Chile.



Tras pasar una marabunta de taxistas ofreciéndonos llevarnos a la ciudad, cogimos un bus que por menos de dos euros nos dejaba en Los Héroes que estaba relativamente cerca de casa de Diana. La primera impresión de Santiago fue que no había edificios especialmente bonitos ni nada que te llamara realmente a intentar descubrir la ciudad. Tras andar unos 15 minutos por lo que al parecer es el centro de la ciudad, llegamos al apartamento de nuestra amiga.

Lo mejor de la casa son las vistas de la ciudad. Desde el piso 11 se tiene una visión general de Santiago. Esperemos no tener ningún terremoto porque a esta altura el edificio tiene que balancearse de lo lindo. El aire resopla durante todo el día. El barrio de Diana es el centro de la ciudad, pero es extraño. Los bloques de 20 alturas y 20 apartamentos por piso se entremezclan con casas bajas y talleres con patios llenos de palés que se ven desde las alturas. Hacía frío pero se notaba que las temperaturas empezaban a subir. Estábamos cansados del viaje, así que nos tumbamos un rato.



Cuando me levanté me acerqué al supermercado para comprar algunas cosas para los próximos días. Según salí del supermercado me encontré el mítico Gastrobar Joder de frente. Muchos lectores de este blog no lo conocerán, pero el Joder es lo que el Studio 54 a Nueva York o el Penta a Madrid y antaño fue el bar de nuestra amiga. Teniéndolo ya situado en el mapa, habrá que ir a visitarlo.

Con la compra hecha y habiendo descansado un rato, decidimos ir a visitar Santiago. La primera parada era la plaza de Armas. Ya llegando a ella, nos encontramos con algunos edificios imponentes. El centro de Santiago mezcla arquitectura clásica con nuevas construcciones donde predomina el cristal. Pasamos también por uno de los "grandes atractivos" para los turistas españoles... El edificio "La Polla". No, el edificio en sí no tiene nada más que un cartel con su nombre. Anecdótico como mucho.



La plaza de Armas en Santiago es lo que la puerta del Sol a Madrid. Sinceramente, no es la plaza de Armas más bonita que he visto, pero sí está llena de vida. Gente con puestos ambulantes de comida, acróbatas sobre monociclos y hasta una improvisada procesión, todo estaba allí. En un lateral se encuentra la Catedral de Santiago. Por fuera no es muy espectacular pero por dentro sí merece una visita. Junto a ella haciendo esquina está el edificio de Correos. 

Seguimos andando por las calles hasta Bellas Artes. Este parque alargado toma su nombre del Museo Nacional de Bellas Artes que se encuentra en el centro del mismo. El parque en sí, no tiene mucho que ver. Una concurrida carretera pasa por el lateral del mismo y hace que desluzca bastante. El museo sin embargo sí es más interesante y su entrada es gratuita. En el primer edificio de los dos que lo componen están las exposiciones permanentes y temporales y podemos encontrar un poco de todo: pintura, escultura, fotografía, instalaciones,... El segundo edificio tenía un mercado de arte y en ese momento estaban dando ponencias.



Al salir del museo nos dirigimos por Bellas Vistas hacia el cerro de San Cristóbal. Bellas Vistas es el barrio perfecto para los que quieren algo de fiesta. Está lleno de bares y los reparte-flyers están a la caza del turista. Al final de la calle se encuentra uno de los accesos al cerro. El cerro de San Cristóbal es el parque urbano más grande de Santiago y uno de sus mayores atractivos turísticos. Dentro del cerro se encuentra el zoo de la ciudad y aquí la gente viene a pasear, hacer deporte o pasar tiempo con su familia. 

Hay tres formas de subir: desde Bellas Vistas con el funicular, desde el otro lado del cerro con el teleférico, o andando. Nosotros subimos en el funicular y como ya quedaba poco tiempo para que cerraran nos recomendaron que sólo compráramos la ida y que si nos daba tiempo compráramos la vuelta arriba. El Funicular sale de una especie de "castillo" y es realmente antiguo. Cuando se llega a la cima, se tiene una vista total de la Ciudad de Santiago con la cordillera de los Andes al fondo. Realmente merece la pena subir para disfrutar de estas vistas.




El cerro está presidido por una enorme estatua de la Virgen de la Inmaculada Concepción que mira a Santiago. Allí hicimos un amigo, un perro callejero que se tumbó para que le acariciáramos. Santiago está lleno de perros callejeros y todos son muy bonitos, no nos extraña que Diana en su momento acabara adoptando uno. Salvando las distancias, Santiago intenta tener su propio Cristo Redentor como Río de Janeiro desde el que ver una panorámica de toda la ciudad.

Intentamos bajar en funicular desde lo alto del cerro ya que estaba empezando a atardecer y la temperatura había bajado, pero aunque el último funicular era a las 19.45, la taquilla ya estaba cerrada. Bajamos andando por el lado del teleférico y la verdad que tampoco tardamos mucho y pudimos ver la otra cara del parque. En este otro lado de Santiago se encuentra un enorme centro comercial con el rascacielos más grande de todo América del Sur y al que, al parecer se puede subir. Cogimos un par de atajos que nos ahorraron tiempo en la bajada, no creo que tardáramos más de una hora. Por la carretera subían y bajaban ciclistas y corredores continuamente. Como los deportistas chilenos entrenen aquí tienen que estar fuertes como el acero. En nuestro descenso paramos en un parque infantil hecho por un escultor chileno donde los juegos de los niños eran realmente esculturas y donde había un parque de música con instrumentos para tocar. Disfrutamos como niños.



La salida del parque estaba en un barrio de casas que parecía sacado de una zona rica de Estados Unidos... Andando un poco cogimos el metro que nos llevó de vuelta a casa de Diana. El metro de Santiago tiene sólo tres líneas y cierra antes de media noche, pero no está mal y la frecuencia no es mala. Es curioso que pese a que hay vías, los vagones van sobre neumáticos por dentro de estas vías y creemos que no es eléctrico porque al menos la catenaria no está visible. Las paradas no las anuncia una locución, sino que es el propio conductor el que las dice por el altavoz. Y a propósito de esto, no sé si es que los chilenos hablan muy rápido o pronuncian muy poco, pero cuesta muchísimo entender lo que te dicen.



Cenamos en casa de Diana viendo la terrible televisión chilena. Nuestra intención era salir y tomar una cerveza en el Joder, pero el cansancio pudo con nosotros y finalmente nos quedamos en casa.

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