domingo, 29 de octubre de 2017

Graffitis y funiculares con vistas al mar

Valparaíso, 29 de septiembre de 2017

A las 8 de la mañana estábamos ya en pie. Nuestra intención hoy era ir a Valparaíso. Después de desayunar en casa salimos hacia la terminal de autobuses que está en la parada de Universidad de Santiago. El metro estaba lleno de seguidores del equipo de fútbol de Santiago que iban a ver el partido que se jugaba por la mañana. Suponemos que aquí los partidos de fútbol se juegan por la mañana para que puedan seguirse en Europa por el horario, pero resulta extraño.

Cuando llegamos a la terminal había varias chicas de distintas compañías ofreciendo "información sin compromiso" sobre Valparaíso y Viña del Mar. Se puede hacer con ellos el tour de todo el día que incluye ambas ciudades por algo más de 30 euros, unos 23.000 pesos y despreocuparse de todo, pero a mí los tours organizados por ciudades me parecen bastante agobiantes pese a que el precio no lo encuentro en absoluto exacerbado. Para convencernos la chica nos dijo que como había sido fiesta el viernes y había habido puente no había billetes de vuelta desde Valparaíso a Santiago, sólo de ida y que la única forma de asegurarnos la vuelta era con ella. Yo aún era reacio a irme con ella, incluso pensé en que si realmente era así a lo mejor podíamos intentarlo al día siguiente, no me apetecía ir en un tour organizado por una ciudad. Ella insistió en la inseguridad de Valparaíso, algo que ya sabiamos por el robo que sufrió la tía de Diana aquí, pero yo preferí acercarme a la ventanilla a preguntar.



En la ventanilla ocurrió algo extraño. La mujer que vendía los billetes nos dijo exactamente lo mismo, que sólo nos vendía la ida pero no nos aseguraban la vuelta. Yo le dije que eso es lo que nos había dicho la chica de los tours, pero que no me apetecía irme con ella. La taquillera me dijo que ahora mismo no había más billetes pero que tráfico seguramente les pondría más buses a lo largo del día. No me cuadraba nada, ¿es tráfico quien le dice a una compañía privada que tiene que fletar más o menos autobuses en el puente? Como le insistimos, la taquillera miró si había más autobuses y nos dijo que había uno a las 21'30... Le dijimos que si podía ser antes y de repente también había a las 19'30... Y no, no era que lo acababan de poner a la venta porque la mitad de los asientos o más ya estaban vendidos.

Cogimos ese billete y en 5 minutos estábamos sentados en el bus camino de Valparaíso por menos de 9 euros. Los autobuses chilenos son como los peruanos o mexicanos. Nada que ver con lo que tenemos en España. Los asientos se reclinan hasta convertirse casi en cama y el espacio entre filas es muy amplio. En un luminoso viene el nombre del conductor, la velocidad que tiene el autobús y el tiempo que lleva conduciendo. Si el conductor sobrepasa los 100km/hora empieza a sonar una sirena para que todo el mundo sepa que está incumpliendo la ley. De hechos en los reposacabezas se anima a los pasajeros a exigir al conductor que reduzca su velocidad.



El viaje hasta Valparaíso en autobús no llega a las dos horas. A mitad de camino se subió una mujer con una cesta vendiendo comida, muy típico de Latinoamérica. "Mani, manjar, Bebida, pasteles, cuchifli..." anunciaba mientras avanzaba por el pasillo. ¿Alguien sabe que es el "cuchifli"? 

Llegamos a Valparaíso sobre las 12 de la mañana. La ciudad está edificada en una colina enfrente del mar, pero Valparaíso en sí no tiene playa. A la salida de la terminal había muchos puestos de comida. Intentamos meternos en un par de bares a comer algo pero el ruido por el fútbol era excesivo. Encontramos un sitio económico donde comer un plato combinado por unos 6 euros. Con la barriga llena nos dispusimos a descubrir los encantos de Valparaíso.



A ver, siendo sinceros Valparaíso no es una ciudad objetivamente bonita, las casas de chapas de colores están amontonadas unas sobre otras en la ladera de una montaña y moverse por sus sucias calles es entrar en un laberinto del que no es difícil salir (sólo hay que ir hacia abajo) pero sí lo es llegar, incluso guiándonos con un mapa, hasta donde queramos. Pero también es cierto que la ciudad tiene un encanto innegable. 



Cada casa de un color, cada esquina o cada pared tiene un graffiti que pasa de ser una gamberrada de mal gusto a convertirse en una obra de arte. Tan sólo pasear por sus empinadas cuestas viendo todo el arte urbano, ya merece la pena. Lo primero que hicimos fue subir hasta la casa de Pablo Neruda en Valparaíso, la Casa Museo la Sebastiana. Por el camino nos topamos con algún mirador ya que mostraba el encanto de Valparaíso. Las vistas desde la Sebastiana son imponentes y entrar en el jardín es gratis. No así en la casa, que cuesta unos 10 euros. Ni yo soy un fan acérrimo de Neruda ni tengo una sensibilidad especial, así que preferimos ahorrarnos el dinero. 



Bajando de la casa nos encontramos con el museo a cielo abierto. Valparaíso está lleno de graffitis como ya he comentado, pero en esta calle se encuentran algunos de los más espectaculares. Bajando por algunas de sus famosas escaleras llegamos a la plaza del Prat donde estaban preparando un concierto para esa tarde y había una concentración de autobuses urbanos de un grupo de Facebook. Si algo me gusta de Latinoamérica es que en cada plaza hay siempre algo que hacer, todos los días parecen festivos y si no es una fiesta, es un concurso o un concierto. Lo importante es que las calles tengan vida.



De ahí andamos por el puerto hasta el funicular de Artillería. La ciudad está llena de funiculares que aquí llaman ascensores. Todos ellos son más o menos antiguos y por unos pocos pesos te llevan a lo alto de los barrios. El de artillería sin lugar a dudas es uno de los que necesita ya una restauración urgente. Subirnos a él fue como hacerlo a la atracción de la torre del terror de Disneylandia. En su interior mientras subíamos todo crujía y daba la sensación de que en cualquier momento nos íbamos a precipitar al vacío. En lo alto se encuentra el paseo 21 de mayo desde el que se tiene una vista general del puerto. También hay varios puestos de artesanía. Valparaíso tiene muchísimos artistas locales y todas las cosas que venden son preciosas: pendientes, colgantes, imanes, maquetas, acuarelas,... Merece la pena pararse a ver estos puestos.



Desde lo alto de Artillería, donde se encuentra el museo naval, bajamos hacia el muelle de nuevo y cogimos en Prat el ascensor El Peral que nos llevó hasta el palacio de Baburiza. Tal vez esta sea la zona más bonita de todo Valparaíso. Las casas de colores tienen algunos de los graffitis más elaborados de la ciudad y hay varias galerías de arte y cafés donde pararse a descansar. Entramos en una cafetería donde nos pusieron una tarta de limón espectacular. Desde allí seguimos callejeando hasta la antigua cárcel de la ciudad, ahora reconvertida en el Parque Cultural de Valparaíso. Aquí los niños jugaban y los adultos bailaban al ritmo de una banda. Un lugar donde si se va con tiempo también merece la pena pararse, descalzarse y dejarse llevar.

Del parque Cultural fuimos de vuelta a la parte baja de la ciudad y nos encaminamos de nuevo a la estación para coger nuestro bus de vuelta. El bus nos llevó por Viña del Mar y pudimos ver el reloj de flores. Fueron varias las personas que nos desaconsejaron visitar Viña del Mar y por eso no pusimos mucho empeño en verlo. Más allá del reloj de flores poco más tiene la ciudad. Al parecer hay un Moai auténtico traído de la Isla de Pascua. Si no se va a visitar la isla a lo mejor es interesante acercarse a verlo.



El viaje de vuelta a Santiago se demoró algo más de dos horas por la caravana de coches que venían de la Costa.

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