Hoy era un día relativamente tranquilo. La idea era visitar la parte de Santiago que nos había quedado sin ver el primer día. No madrugamos, desayunamos tranquilamente en casa y salimos a media mañana.
Lo primero que hicimos fue visitar el barrio Brasil, que es el barrio donde vive Diana. En general no hay nada sorprendente en este barrio más allá de algunos edificios bonitos, algunos de ellos en ruina y la calle Concha y Toro, en cuyo centro se encuentra una pequeña plaza con una fuente en su centro. Más allá de esto y un parque infantil, el barrio Brasil no tiene mucho más destacable. Aprovechamos para comer en esta zona un menú por poco más de seis euros.
De aquí, fuimos por el Parque de los Reyes, en la ribera del río Mapocho hacia el mercado central. Por el camino nos encontramos con la Feria del Libro de Santiago. Intentamos entrar, pero cobraban por acceder al recinto, lo cual no tiene mucho sentido porque al fin y al cabo ahí se van a comprar libros y lo suyo es incentivar que la gente vaya y compre. Pero bueno, en Santiago hay muchas cosas que no tienen sentido. Por ejemplo el coste del viaje sencillo de metro varía, siendo más caro en las horas punta. Entiendo que así se le saca más beneficio, pero también es cierto que así no se incentiva el transporte público para ir al trabajo, y en una ciudad como Santiago, que precisamente tiene un grave problema de contaminación por estar entre montañas, debería de hacerse campaña para aparcar el coche y usar el metro. Cosas de un país donde los servicios públicos son mínimos y donde prima el beneficio de las empresas.
La zona del mercado central son las calles aledañas a la Plaza de Armas y están repletas de comercios fijos y ambulantes. Lo cierto es que tampoco es que inciten mucho a comprar... Todo da la sensación de ser imitaciones a precio exorbitado. Desde la plaza de Armas fuimos hasta la zona del Antiguo convento de los franciscanos. Antes de entrar en el museo de arte colonial que está en el lateral de la Iglesia de San Francisco nos tomamos un café con una tarta de maracuya impresionante. Las tartas que hemos probado aquí de momento son todas a cual mejor.
El museo de arte colonial no tiene nada destacable más allá de la visita al antiguo claustro, pero su entrada cuesta tan sólo un euro. A la salida tomamos una de las bebidas típicas chilenas, el mote con huesillo. Básicamente es un té de melocotón al que le echan el mote, que es grano de trigo para que tenga algo de comer. No está mal pero tampoco es para echar cohetes. Andando nos dirigimos hacia el cerro de Santa Lucía, en el centro de la ciudad.
El cerro de Santa Lucía no es comparable en tamaño con el cerro de San Cristóbal, pero desde aquí también hay buenas vistas de la ciudad, aunque a menor altura. El acceso al cerro es gratuito pero hay que registrarse en la entrada. Unas bonitas escaleras dan acceso al parque. Subir a la parte más alta no es complicado, si bien algunos tramos de escaleras están en muy mal estado. En la parte superior hay una especie de fortificación/castillo con cañones en mal estado. De hecho algunas partes tienen hasta carteles de riesgo de derrumbo. En el lateral del cerro hay un mercado de artesanía y souvenirs con buenos precios.
Del cerro nos dirigimos al centro cultural Gabriela Mistral, situado en el metro universidad católica. Al ser la noche de Halloween había un recorrido gratuito por la ciudad que partía de ahí al que nos apuntamos. Al parecer hay varios tours gratuitos todas las semanas con distintas temáticas y al menos el que hicimos nosotros, fue bastante interesante. Duró casi dos horas y nos llevó a distintos puntos del centro de la ciudad contándonos historias de su primer gobernador Pedro de Valdivia y de otros personajes ilustres de la ciudad. Los guías iban vestidos de monja y monje por Halloween para dar algo de ambiente al tour. Lo gracioso es que Dani realmente pensó que eran religiosos de verdad y se lo tuve que desmentir de vuelta a casa. Según él, los trajes estaban muy elaborados. Al final del tour curiosamente hicieron un sorteo entre todos los que nos apuntamos, una pena pero no nos tocó el libro sobre la historia de Santiago.
Pese a que durante el día había hecho bastante buen tiempo, las temperaturas habían bajado muchísimo y estábamos bastante cansados de andar todo el día, así que decidimos poner rumbo a casa. Por el camino paramos a cenar en un chino, Dani quería probar los restaurantes chinos de aquí. Dos cosas, la primera, aquí no son tan económicos como en España. La segunda, las raciones son exageradamente grandes... Entre los dos no comimos ni la mitad de lo que nos pusieron, y eso que comemos bastante. Eso sí, siempre puedes pedir que te lo pongan para llevar.
Tras la cena pasamos por la puerta del Joder que por fin estaba abierto, pero hacía frío y teníamos pocas ganas de cerveza, así que nos fuimos a casa a descansar.






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