Nuestro segundo día atravesando el salar comenzó a las 6 de la mañana. Tras un buen desayuno en el hotel de sal, partimos en caravana por el medio del desierto con otra media docena de jeeps. Hoy tocaba ver las lagunas altiplánicas de Bolivia, aunque Dani y yo ya las habíamos visto dos días antes por el lado de Chile.
Aquí no hay carreteras y cualquier camino es bueno para atravesar el desierto boliviano. Uno tiene la sensación de que está en medio de la nada. Nuestro conductor Jesús, salía y entraba del camino para evitar la nube de polvo que se formaba con el resto de todoterrenos. La sensación es la de estar participando en una etapa de la carrera del Dakar. Antes de comenzar a subir hasta los 4.300 metros paramos en una tienda donde poder comprar hoja de coca para evitar el mal de altura. Jorge también compró una piedra negra a la que llaman lejía y que funciona como catalizador de la hoja.
Hay que meterse hojas en la boca con un poco de esta lejía (con un sabor horrible por cierto), y dejar que actúe. Yo preferí no tomarlo y ver hasta dónde podía aguantar sin tener mal de altura. El resto del grupo parecían hámsters con sus carrillos hinchados, sobre todo nuestro conductor. La primera parada fue en medio del desierto en una zona desde la que se podían ver algunos de los volcanes de los Andes. Las piedras del desierto se habían erosionado por el viento y habían creado distintas formaciones a las que se podía escalar. Era un sitio curioso.
Desde allí hicimos varias paradas por lagunas donde pudimos observar los flamencos. Bolivia es un lugar mucho mejor para observar estas aves que Chile. No sólo hay muchas más y se ven desde mucho más cerca, sino que además el entorno es más bonito que el chileno. Eso por no hablar del color de los pájaros, mucho más rosado en la zona boliviana. De hecho si se va a realizar el cruce del salar desde Bolivia, creo que la excursión de Piedras Rojas y lagunas altiplánicas en Atacama es totalmente prescindible.
A mediodía paramos a comer frente a una de las lagunas. Las vistas eran excelentes. Nos encontrábamos un poco más lentos de lo normal, pero no nos sentimos mal en ningún momento, de momento el mal de altura nos estaba respetando. En la comida nos encontramos una chica de Barcelona que nos contó que su experiencia no estaba siendo tan placentera como la nuestra: el día anterior no habían tenido tanto tiempo libre como nosotros, no les llevaron a ver el atardecer y no tenían ya agua para las comidas, sólo les habían dado dos botellas para 6 personas. Aparte su guía era bastante desagradable con ellos al parecer. Jesús sin embargo, cada vez estaba más cómodo con nosotros y ya empezaba a hacernos hasta bromas. Se ve que tuvimos suerte.
Después de comer pudimos dar un paseo por la orilla del lago con los flamencos muy de cerca. En nuestro camino hacia laguna verde se nos cruzó un zorro del desierto que se paró frente a nosotros. Por lo que nos contó nuestro guía estos animales están acostumbrándose a la presencia humana y buscan comida cerca de nosotros. Según iba avanzando la tarde el viento soplaba con más fuerza y hacia más frío. Tuvimos que parar varias veces en medio de la nada para ayudar a otro jeep que estaba teniendo problemas y no podía seguir su camino.
Paramos en el árbol del desierto y en la laguna verde, pero el fuerte viento no nos permitió disfrutar de ambos lugares como nos hubiera gustado, la temperatura era baja, pero lo peor eran las pequeñas piedras que te golpeaban cuando se levantaba el aire. Aun así cayó nuestra sesión de fotos en ambos sitios. En la laguna verde nos dió media hora, pero a los 10 minutos ya estábamos en el coche. Todos menos Santa Cruz, nuestro compañero chino de furgoneta que estaba sacando fotos de la laguna. El dios del viaje le castigó por hacernos esperar. Su cámara se estropeó porque se le metió arena en ella y se pasó el resto del día intentando limpiar los espejos.
Tras la visita a la laguna pasamos por el puesto del parque donde tuvimos que pagar unos 20 euros por persona. Allí el guarda nos contó que antes el mantenimiento del parque lo hacía la propia provincia, pero que ahora estaba en manos del estado y se cuidaba mucho menos pese a que la entrada había subido muchísimo de precio. Se ve que no estaba muy contento con Evo Morales.
Estaba ya anocheciendo cuando llegamos a nuestro refugio del segundo día. El hotel de sal del día anterior era todo un cinco estrellas comparado con este. La habitación era de 6 y no había luz hasta las 19,30 de la tarde. A partir de esa hora encendían un motor hasta las 21,30 para que pudiéramos cargar nuestros teléfonos. Si el baño del hotel de sal era un poco cerdo, este sin luz no tenía nombre. Los guiris habían tirado el papel higiénico usado fuera de la papelera, daba asquete. Teníamos que ir con frontal para poder ver algo y con cuidado de donde se pisaba. Casi era mejor usar el baño del inca, es decir, salir al campo. Aquí por cierto no había posibilidad de ducha, y sí, olíamos un poco a sudor, pero la aventura es así, en ocasiones hay que ir sin asearse.
Mirta y yo nos quedamos hablando mientras Dani, Diana y Jorge se fueron a jugar al Ping pong a un "bar/centro cultural" que estaba junto al hospedaje. En este lugar remoto las cuatro edificaciones que había eran tiendas donde se podía comprar cualquier cosa, aquí los cuatro lugareños que vivían trabajaban para el turista. Nos sirvieron la cena pronto, sobre las 20 de la tarde. Como era nuestro último día nos pusieron una botella de vino para brindar, todo un detalle. Fuera hacía un frío terrible. Después de la cena nos intentamos asear como pudimos con toallitas húmedas. Al menos así disimulábamos un poco el olor de todo el día. A las 21,30 cuando apagaron las luces ya estábamos todos metidos en cama. A las 4 de la mañana teníamos el desayuno, aún acostándonos pronto, íbamos a dormir poco.










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