lunes, 13 de noviembre de 2017

Un desierto de sal

Salar de Uyuni, 11 de noviembre de 2017

El primer día de nuestra aventura boliviana nos permitió levantarnos a una hora decente. A las 10'30 teníamos que estar en la agencia, así que nos levantamos tranquilamente a las 9 y desayunamos en nuestro hotel. Por fin un día que podíamos desayunar al levantarnos.



Todos los tours de todas las agencias comienzan a las 10'30 de la mañana. Nuestro jeep lo conducía Jesús, un boliviano de apariencia joven que llevaba 5 años como guía y tuvimos como compañeros de viaje a un chino que viajaba por toda Sudamérica que se autobautizó como Santa Cruz, y a Mirta, una mujer Argentina de 50 años afincada en Málaga que había bajado desde Perú hasta Bolivia haciendo turismo y que con el paso de los días se acabó convirtiendo en una compañera más del grupo. 



Tras las presentaciones y habiendo cargado la vaca del jeep con nuestras mochilas y la gasolina para estos días, arrancamos nuestra aventura por el salar. En ese momento empezamos a ver otros coches de otras agencias similares al nuestro en la misma dirección. La primera parada era el Cementerio de Trenes y todos íbamos en la misma dirección.



El cementerio de trenes se encuentra a las afueras de Uyuni y la mejor forma de definirlo es como un parque de atracciones para adultos. La pena es que no supiéramos que estaba tan cerca de la ciudad, porque de haberlo sabido podíamos habernos acercado la tarde anterior para hacernos fotografías en soledad sin la cantidad de turistas que había cuando llegamos. Jesús nos dio media hora para estar allí, pero acabamos estando más de 40 minutos. 



El cementerio de trenes no es más que varias máquinas y vagones antiguos y oxidados por los que uno puede escalar, subirse y hacer un poco el cabra. Subirse en lo alto del cilindro de una locomotora y andar por él sin ningún tipo de sujeción a más de 4 metros de altura, es algo que sólo puede hacerse en Bolivia. Eso sí, si te resbalas y caes (y ocurre), lo más probable es que acabes en el hospital y no puedas continuar el tour que acabas de arrancar. Nosotros disfrutamos como niños pese a la gente que había. Es un lugar y una experiencia únicos que sólo se puede hacer aquí.



Nuestra segunda parada fue algo más aburrida, un mercado de artesanía donde al contrario que en el cementerio de trenes, nos sobró el tiempo y básicamente aprovechamos para ir al baño pagando por supuesto como en casi todos los lugares en Bolivia. De nuevo en ruta, llegamos a la entrada del salar donde vimos algunos montones y tuvimos nuestra primera toma de contacto con el lugar. Un poco más adelante llegamos al monumento del Dakar, una enorme estatua hecha de madera que nos recuerda que la competición se celebra allí desde hace algunos años. Detrás del monumento se encontraba el primer hotel de sal del salar, del año 1993 y que ahora ha sido reconvertido en museo con estatuas realizadas en sal en su interior. Alguna gente comía en ese lugar, supongo que los que más hayan pagado por su tour porque tiene pinta de ser un lugar caro.



Los adoquines de los hoteles de sal están hechos precisamente de eso, de sal y tanto las mesas como las sillas son también enormes bloques de sal. Junto al hotel de sal se encuentra una "rotonda" con banderas de todo el mundo que los turistas han ido dejando allí. Tras una parada de 40 minutos en este lugar nos adentramos por fin en el salar.



El salar de Uyuni es un lugar único que ni las imágenes que pueda colgar aquí, ni las descripciones que pueda realizar de él se acercan a lo que realmente es cuando estás allí. Un enorme desierto blanco sobre el que circulamos en caravana con otros jeep emulando la famosa carrera del Dakar. El suelo está formado por cristales de sal que se resquebrajan bajo nuestros pies y mires donde mires ves un enorme manto blanco que se extiende hasta llegar a las montañas que lo rodean a lo lejos. La época más adecuada para visitar el salar es en los meses de enero y febrero, cuando tras las lluvias se encuentra cubierto de agua y se produce el efecto espejo que no permite distinguir entre cielo y tierra. Si ahora sin agua deja con la boca abierta, no puedo ni imaginarme cómo será cubierto por agua.



Paramos en medio del salar para comer. Nuestro guía nos dejó tiempo para realizar fotos mientras preparaba la comida en la parte de atrás del jeep, y ahí comenzó nuestra sesión. El salar de Uyuni es tan extenso que provoca que en fotografías se pierda la perspectiva y se consigan efectos "mágicos". Colocando un objeto en primer plano y nosotros unos metros más atrás, podemos hacer viguerías. Nos deslizamos por la guitarra de Jorge, hicimos equilibrios sobre los cordones de unas botas, nos empequeñecimos para salir de un sombrero y mil cosas más que se nos fueron ocurriendo.



Mirta ahí empezó a alucinar un poco con nosotros, no había oído de estas fotografías y cuando vio los primeros resultados no dudó en unirse al grupo. La más de media hora que nos dio Jesús se nos hizo corta. Por suerte nos prometió tener más tiempo para fotografías tras la comida. En cuanto a la comida fue excelente durante todo el viaje, aunque casi siempre comimos pollo. Comer en medio del salar pese al calor del lugar que nos hacía tener que buscar la sombra del jeep era un privilegio.



Tras la comida seguimos adentrándonos en el salar maravillados con aquel paisaje hasta que llegamos a la isla de Incahuasi. Este lugar en mitad del salar es una "isla" de cactus rodeados por la sal blanca. Allí Jesús nos dio dos horas. Entrar en esta falsa isla cuesta unos 4 euros y sin lugar a dudas merece la pena ya que se tiene una perspectiva desde lo alto del lugar. Diana, Jorge y yo pagamos la entrada. La subida le costó un poco a los chicos por la altura a la que nos encontrábamos que hacía que se fatigaran más rápido pero es algo que todo el mundo puede hacer y es imprescindible. Además con la entrada se tiene derecho a usar el baño del lugar. A Dani y Mirta les intenté convencer para que subieran después pero prefirieron quedarse abajo.



Tras la visita a Incahuasi teníamos aún una hora más para continuar con nuestras fotografías. Creo que ningún otro grupo se hizo tantísimas como nosotros. Algunas salieron mejor y otras peor pero solo tomarlas fue ya divertidísimo. Podíamos haber estado 3 horas más allí probando cosas distintas. Tras Incahuasi, Jesús nos llevó a ver el atardecer en medio del salar. Según el sol se iba escondiendo la temperatura iba bajando. El salar de Uyuni es sin duda un lugar que se queda en la retina.



Ya anocheciendo llegamos al refugio donde íbamos a pasar la noche, un hotel de sal en la ladera de una montaña. Y sí, las paredes eran de sal, las mesas y las sillas eran de sal y hasta nuestras camas eran de sal. Probamos las paredes para comprobarlo y sí, eran saladas. Eso sí, en su interior no hacía frío y se estaba muy agusto. No es el lugar más lujoso del mundo pero sin duda merece la pena pasar una noche aquí. En este alojamiento estuvimos varios grupos de turistas y para aquella gente más cómoda hay que advertir que sólo hay tres baños, una ducha y electricidad hasta las 23 de la noche. En definitiva, que hay que dejarse llevar por la aventura.



El mero hecho de cargar los teléfonos fue ya toda una odisea con ladrones sobre ladrones y regleta sobre regleta. Eso por no hablar de compartir baño con unos cuantos guiris sueltos del estomago a causa de su viaje por Bolivia. Nosotros cenamos y nos fuimos a la habitación a charlar. Nos entretuvimos haciendo sombras chinescas con el frontal en la pared, pero pronto el sueño se apoderó de nosotros. Nuestro guía nos dijo que a las 6 de la mañana había que levantarse.



No hay comentarios:

Publicar un comentario